Un encuentro con la estrella del MoMA
Por Raúl Zapata, director de ABC MUNDIAL COLOMBIA
Entrar al Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) es recorrer la historia viva del arte visual moderno, pero en el quinto piso ocurre un fenómeno . Entre salas que resguardan verdaderas joyas del impresionismo y el arte abstracto, hay una esquina donde la circulación se frena por completo. No hay silencio, hay expectativa, se escuchan decenas de idiomas y los brazos levantados sosteniendo pantallas iluminadas. Todos buscan lo mismo: acercase a La noche estrellada (The Starry Night) la obra maestra de Vincent van Gogh
A medida que uno abre paso entre la multitud, la escena impresiona tanto por el público como por la obra. Turistas de todos los rincones del mundo se agolpan frente al lienzo formando un semicírculo . Es una coreografía moderna: la persona avanza al frente del gentío, posa durante tres segundos exactos con una sonrisa ensayada, la cámara del teléfono captura la prueba irrefutable de «yo estuve aquí», y cede el lugar al siguiente. Muchos ven la pintura por primera vez no con sus propios ojos, sino a través del encuadre digital de sus dispositivos móviles. El deseo de registrar el instante compite directamente con el de contemplarlo.Pero al lograr colocarse en la primera línea de observación, el alboroto del entorno pareciera disiparse por un momento.
Frente a frente con la pintura, impacta descubrir su tamaño real: mide 73,7 x 92,1 centímetros. Sorprende cómo en un lienzo de dimensiones tan relativamente reducidas se condensó una fuerza expresiva tan monumental.Vincent van Gogh pintó esta obra maestra en junio de 1889, desde la ventana protegida por barrotes de su habitación en el asilo psiquiátrico de Saint-Paul-de-Mausole, en Saint-Rémy-de-Provence. Tras su crisis mental y el famoso incidente con su oreja, el artista holandés plasmó una vista del cielo nocturno justo antes del amanecer, combinando la observación directa con sus recuerdos, su imaginación y el turbulento estado de su espíritu. Esos trazos impastados, densos y ondulantes en tonos azules y amarillos no representan solo un paisaje, sino un torbellino de emoción pura.
El cuadro forma parte de la colección permanente del MoMA desde 1941, adquirido a través del Fondo Lillie P. Bliss, convirtiéndose en una de las incorporaciones más trascendentales en la historia del museo.¿Por qué es considerado el tesoro más preciado de esta institución neoyorquina? Porque representa la cúspide del posimpresionismo y la transición definitiva hacia la modernidad. Van Gogh demostró que el arte ya no tenía la obligación de imitar fielmente la realidad física, sino que podía dar forma visible a la psicología interior, a la angustia y al anhelo humano.Alejarse del remolino de gente que la rodea deja una sensación ambivalente. Por un lado, la paradoja de ver una obra concebida en la soledad y el aislamiento de un sanatorio convertida hoy en un ícono de consumo masivo; por el otro, la certeza de que, incluso detrás del cristal protector y entre cientos de destellos de smartphones, el cielo estrellado de Vincent sigue vibrando con la misma intensidad hipnótica que hace más de un siglo.

