Autorizan la eutanasia para los hipopótamos de Pablo Escobar
En lo que representa un gran desafío ambiental complejo y no exento de polémicas en la historia reciente de Colombia, el Gobierno de Gustavo Petro autorizó el protocolo de eutanasia ética para controlar la población de hipopótamos que descendieron de los ejemplares importados ilegalmente por Pablo Escobar, en la década de los 80.
La decisión, se fundamenta en estudios que califican a la especie como una amenaza invasora para los ecosistemas del río Magdalena, marca un punto de inflexión en una crisis biológica que lleva décadas gestándose.
El origen del problema se remonta a la Hacienda Nápoles, donde Escobar construyó un zoológico privado. Tras su muerte en 1993, la mayoría de los animales fueron reubicados, pero cuatro hipopótamos quedaron abandonados. Sin depredadores naturales y con un clima ideal, la población se disparó. Hoy se estima que más de 160 ejemplares deambulan por la cuenca del Magdalena, desplazando fauna nativa como el manatí y alterando la composición química de las aguas con sus toneladas de excremento, lo que pone en riesgo la pesca artesanal y la biodiversidad local.
Desde el Ejecutivo, la Ministra de Medio Ambiente Irene Vélez, quien ha mantenido un perfil activo en la gestión de crisis territoriales y ambientales, ha sido clara respecto a la urgencia de la medida. En declaraciones oficiales, la funcionaria enfatizó la necesidad de priorizar el equilibrio ecológico sobre el sentimentalismo.
«Estamos ante una emergencia biológica que no admite más dilataciones. La decisión de proceder con la eutanasia, bajo protocolos estrictos de bienestar animal, no es un capricho, sino una medida de soberanía ambiental. No podemos permitir que el legado de Escobar siga destruyendo nuestra biodiversidad y poniendo en riesgo la vida de los pescadores», afirmó Vélez.
Sin embargo, en los alrededores de Puerto Triunfo y Doradal, la noticia ha caído muy mal. Para muchos habitantes, los hipopótamos se han convertido en un símbolo de identidad y un motor económico a través del turismo.
«Para nosotros no son una plaga, son parte del pueblo», comenta José Alberto Ramos, guía local y habitante de la zona desde hace 40 años. «El gobierno habla desde Bogotá, pero aquí convivimos con ellos. Matarlos es una crueldad. Deberían buscar más traslados o esterilizaciones reales, no simplemente venir a eliminarlos porque es lo más barato. Ellos traen gente de todo el mundo y eso es lo que nos da de comer».
El plan gubernamental es integral: incluye la esterilización quirúrgica, el traslado de ejemplares a santuarios internacionales (como los propuestos en México e India) y, finalmente, la eutanasia para aquellos individuos que representan un peligro inminente o que no puedan ser reubicados.
El debate sigue abierto entre la ética animalista y la ecología de conservación. Mientras los expertos advierten que para el año 2035 la población podría superar los 1.000 ejemplares si no se actúa ahora, la sombra de Escobar parece negarse a desaparecer, esta vez bajo la forma de un gigante gris que divide a un país entero.

