SociedadTurismo

El absurdo ritual del toro de Wall Street: hacer fila para acariciar el bronce en Manhattan

Cada día, cientos de turistas pierden valiosos minutos en el sur de Manhattan para fotografiarse y tocar la famosa escultura de Arturo Di Modica. Una crónica sobre la extraña obsesión viajera de hacer cola por una atracción sin sentido.

Por Raúl Zapata, director de ABC Mundial Colombia

El viernes 18 de septiembre, el sur de Manhattan amaneció con el cielo despejado y la temperatura agradable propia del final del verano. A las diez de la mañana, la pequeña plaza de Bowling Green ya registraba una concurrencia masiva. La razón no era un acto político ni una emergencia urbana, sino la escultura de bronce de tres toneladas y media modelada por Arturo Di Modica en 1989: el toro de Wall Street.

Llegamos al lugar esperando ver la dinámica habitual de los monumentos públicos en Nueva York, donde la gente toma una fotografía rápida y continúa su camino hacia el ferri de la Estatua de la Libertad o hacia la zona del World Trade Center. Sin embargo, la escena exigía una paciencia distinta. La hilera de personas ocupaba el espacio, doblaba hacia la calle y se extendía por decenas de metros. Conté el tiempo de espera promedio por grupo: entre veinte y treinta minutos bajo el sol para lograr una permanencia frente a la figura de no más de quince segundos.

Manhattan ofrece una escala de estimulación casi inagotable. En cuestión de minutos se pasa de la exuberancia comercial de Madison Avenue y la Quinta Avenida al ritmo del Rockefeller Center, entre galerías, arquitectura y vitrinas diseñadas para hipnotizar. Resulta por eso contradictorio que, en medio de semejante despliegue urbano, cientos de personas elijan suspender su itinerario para someterse al ritmo de una cola estática. La recompensa final de esa espera ritual consiste únicamente en acariciar los cuernos o los testículos de bronce del toro, como si en ese gesto mecánico residiera algún amuleto mágico de prosperidad.

El origen del toro es conocido: Di Modica lo instaló de manera ilegal en la noche del 15 de diciembre de 1989 frente a la Bolsa de Nueva York como un símbolo de la fuerza y la capacidad de recuperación del pueblo estadounidense tras el colapso bursátil de 1987. La policía retiró la pieza al día siguiente, pero la presión popular obligó al Departamento de Parques a reubicarla unas calles más abajo. Lo que nació como una manifestación de arte callejero y una protesta contra el sistema financiero mutó con los años en una parada obligatoria para autobuses de turismo y grupos con itinerario estricto.

Resulta difícil entender el mecanismo mental que lleva a un viajero a invertir una fracción relevante de su mañana en Manhattan para tocar una masa de bronce pulida por millones de manos previas. No hay una explicación estética, pues la masa de gente alrededor impide apreciar la forma de la obra. Tampoco hay una lección histórica en la espera, solo la necesidad de registrar en el teléfono la prueba material de haber estado allí. La escena tiene algo de contradicción evidente: la escultura representa el dinamismo, la velocidad y la agresividad del mercado financiero, pero para acceder a ella hay que someterse a una pausa burocrática y lineal.

Mientras observaba el avance lento de la fila desde un costado de la plaza, saqué la cámara para registrar el espectáculo real: no el toro, sino el cordón humano esperando su turno frente al bronce. Quince segundos de pose, dos disparos digitales, una rápida inspección en la pantalla del teléfono para verificar el encuadre y el siguiente grupo avanza. El toro sigue inmóvil, pero el negocio de la espera mantiene su ritmo perfecto.